

Cuando caminas las preocupaciones cotidianas se van quedando atrás y cada vez se van haciendo más y más pequeñas hasta que llegan a parecerte algo totalmente sin importancia. Algunas personas prefieren machacarlas a golpes de raqueta o de alguna otra manera igual de violenta. Yo prefiero subir cuesta, tomar perspectiva, dejarlas perderse, porque las preocupaciones no aguantan la subida, y abandonan y yo me siento ligera y fuerte. Así que a veces en momentos de nervios, me refugio en el recuerdo del viento, de su sonido en las copas de los árboles, del ruido del agua, de los olores, de la soledad del campo y entonces recobro la serenidad.
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